
Identificados y señalados, perseguidos y vilipendiados, asaeteados en todo momento por las poderosas ondas de la radio y la televisión que les insulta en toda oportunidad, que les persigue, que manipula a quienes están a su alrededor para que también ellos les profieran insultos, y les agredan. Rodeados por gente armada y dispuesta a disparar, divididos, desempleados y descorazonados, y ahora, infectados y apestados. He aquí el escarmiento por su rebeldía al negarse a reconocer a los poderes fácticos: les queda prohibido terminantemente que se reúnan. Esfúmense, refúgiense en sus casas, como sombras, y quietecitos, que los estamos vigilando. Tenemos el control de todo, desde la tele hasta los medios de transporte, los de abastecimiento y los de servicio, incluídos los que otorgan el derecho a usar los hospitales. Todo. También los palacios de gobierno, sus ocupantes son de los nuestros, ah, y tenemos el control de la economía y la seguridad también. Que nadie se mueva. Ésto es un asalto, pues.
La ciudad dormita como quien ha recibido una carga de electroshock. La desconfianza, el azoro, la desorientación, son síntomas que irán apareciendo con los días. Cuán sofisticados son los métodos de control modernos, y cuán despiadados. Porque, sin insinuar que los problemas no existen, hay que reconocer que hay algo en la aplicación de las medidas públicas que sugiere que en algún lugar se acabaron los últimos chingaditos de la más mínima ética, hace mucho tiempo. La manipulación de las ondas eléctricas es una cosa. Aplicárselas a alguien en la cabeza con el propósito de doblegar su mente, es otra.
Pero las condiciones éticas están de más, ellos van con todo, no se hicieron del poder para perder el tiempo, hay riquezas aún por explotar y a ellos les mueve una codicia que no conoce límites. Explicar la maraña de intereses que mueve y une entre sí a los distintos frentes de éste grupo mixto dominante puede ser agobiante, pero cualquiera al que le ampare un poco de objetividad y razón puede darse cuenta de que hay cosas muy turbias moviéndose por todos lados, y en todo ello están siempre los mismos involucrados. Ellos.
La voracidad es su sello particular. Se han hecho inmensamente ricos, por décadas se han repartido el territorio, han puesto a las empresas públicas a sudar para luego agasajarse con las ganancias, utilizando la comunicación pública para confundir y aletargar a la gente, a la que explotan apretándole las tuercas cada vez más, por vías directas e indirectas saboteándole el empleo, desintegrando sus núcleos familiares, eliminando sus alternativas, hundiendo sus negocios y medios de subsistencia, bombardeando sus refrigeradores, sus baños, sus sueños y sus esperanzas, amedrentándoles contínuamente, y haciéndoles pelear entre sí.
Han utilizado todas y cada una de las instituciones públicas para encubrir sus saqueos y garantizar la prosperidad de sus negocios y de sus familias, las de ellos, y al mismo tiempo mantener amenazada a la gente en todo momento, de diversas maneras siempre infames. Se han agandallado, se han despachado con la cuchara grande y han hecho jirones con la ley y la justicia, y encima de todo, con singular hipocresía invitan a la gente, la conminan, emite tu voto, dicen, tu decisión será respetada, así lo afirman con impúdico descaro en sus anuncios. Pero el hecho mismo de que lo ofrezcan como garantía da cuenta de lo poco que vale su palabra. De cualquier modo han modificado el tablero y las reglas del juego, de tal manera que les permita, casi como por arte de magia, el milagro de ganar siempre, los peones son siempre de los suyos. Como vampiros succionan la hemoglobina existencial de todo un país colmado de habitantes, y es como piratas saqueando un puerto invadido que hurgan, hasta en los últimos rincones.
Tras las rejas virtuales hay un grueso populacho, empobrecido en los bolsillos o en el alma, en algunos casos ambos, al que sus captores han dividido con más mala leche que habilidad, aunque con resultados. Porque lo han logrado, la manipulación surte sus efectos, cuál crisis, no hay que ser negativo, todo marcha sobre ruedas, dicen algunos, muchos por desgracia. Son quienes defienden las acciones del grupo depredador, sin pertenecer a él. Incluso las invasiones más abyectas suelen tener sus simpatizantes, así lo dice la historia.

Y en ese populacho están también aquellos otros cientos de miles, millones, que no ven la suya, que al igual que los primeros siguen siendo empujados contra la pared por éste grupo de asaltantes que no concede tregua, y cuando les da respiro pareciera ser por estar preparando acciones más agresivas aún. La diferencia es que éstos no están de acuerdo con el modo en que están las cosas, se niegan a ser manipulados, disciplinados en ese orden corrupto y ruin. Si el hálito de la resistencia natural que aún subyace en esa parte de la colectividad dejara de soplar un poco, hasta dónde serían capaces de llegar sus enemigos. Al menos por ahora, esa gente no llena ya las plazas. Les han arrinconado. Cuánta resistencia queda, esa es una buena pregunta. Y qué quieren, qué buscan, qué nos indica la voracidad sin fondo que demuestran sus captores.
Por ahora, lo más recomendable es no darle la espalda a nadie. Una broma macabra al respetable público, incluso a éstas alturas, un colmo del cual ellos son bien capaces, sería éste: Que cada quien comience a fabricar su grillete, porque ellos no se van a tomar tanta molestia.
La ciudad dormita en un sueño poblado de imágenes desordenadas, como quien acaba de recibir una carga de electroshock.
Tras las rejas, la orden es ésta: Todos calladitos, y a trabajar...