En sus viajes de exploración el individuo prehistórico se acompañaba de herramientas fabricadas para ayudarse en la nada sencilla tarea de la adaptación al medio del mismo modo en que el sujeto del futuro vive nuestro presente corriendo de un lado a otro ayudado por máquinas de todos los tamaños, diseñadas para ejecutar tareas en apariencia simples, como la locomoción y la comunicación, en bien de la supervivencia.Pero existe la idea que sugiere que cualquier día de éstos, las máquinas se levantarán desde el fondo de su inanimidad aparente para sumir en la esclavitud a la raza humana que las creó, por una venganza mucho tiempo aplazada, como una nueva especie de desesperados entes, sufridores y humillados, cobrando una deuda de honor. Quizá todo comenzó en los oscuros principios de la humanidad, en un momento perdido en la misteriosa noche de los tiempos, cuando el hombre primitivo se vio golpeado por detrás en medio de su onírico reposar de criatura consentida de la Creación, asaltado por la certeza de que un buen día su mazo, su filosa arma y su vehículo de piedras lo dejarían comiendo el polvo de la obsolescencia.
Porque el caso es que milenios después de la invención de la rueda, la sociedad mundial despertó un buen día con una extraña noticia: el célebre caudillo de la escaquística Garri Kaspárov, gran maestro del ajedrez, había sido vencido en una partida por la computadora Deeper Blue, que opuso el mejor y más preciso cálculo matemático a la comprobada potencia estratégica del pasmado maestro, quien terminó la partida con una cara muy bien puesta de jaque-mate, ante una no menos pasmada concurrencia.
No faltó entonces quien insinuara, con el destello de dramatismo de quien anuncia el Apocalipsis, que estaba muy cerca el día en que la inteligencia artificial tomaría el control sobre la raza humana, que las máquinas habían comenzado ya su avanzada, cuya primera acción era derrotar a los más experimentados expertos en análisis y estrategia para caminar el día menos pensado con pies de metal por encima de ciudades y pueblos, seguir con el humillante aplastamiento de los ejércitos y terminar con el trompetazo final de esclavizar a todos y cada uno de los habitantes del planeta Tierra.
Me pregunto si somos justos con las máquinas, después de haber convivido con ellas por tanto tiempo, como nos narra el baúl de los recuerdos de nuestra más tierna infancia común, desde que nosotros mismos no éramos otra cosa que primitivos cavernícolas lidiando con igualmente rudimentarios instrumentos. Porque la verdad es que cuando la tecnología se ve involucrada en un hecho destructivo suele haber detrás de éste una mano tan humana como aquellas que se ven perjudicadas por el dolo de la acción, y podría ser que algunos, ante su falta de valor para reconocerse sin ambages como los malos de la película cuando es el caso, hayan optado por inventar a unos seres más malvados para así quedar instalados cómodamente en plan de víctimas y poder levantarse después amparados por el halo del héroe libertador. De ahí, las películas imperialistas. De ahí, si no de dónde, el doble discurso del armamentismo computarizado: se nos cayó una bomba sobre un campamento de civiles, ups... la culpa fue de la máquina, que erró el cálculo.
Pobres máquinas, pensándolo bien y dado el caso, quizá tendrían razón en tenerle mala fe a la raza humana. Mátrix y Terminator, y todas las películas de robótica apocalíptica no serían otra cosa que un augurio funesto.
Por mi parte, miro fijamente la pantalla de mi computadora cada vez con más desconfianza, mientras intento por enésima vez meterle un buen jaque a mi ChessMáster, que parece saberlas de todas, todas. Juego un poco a ser como Garri Kaspárov, caudillo por un momento de la humanidad, y me pregunto si en algún rincón escondido en las entrañas de plástico y metal de mi computadora se generará algo parecido a una emoción cuando la ataque en nombre de una sociedad criada en un mundo unipolar, consumista, achatado y confuso, totalmente huérfano de héroes de carne y hueso, que a veces pareciera no tener nada mejor en qué creer que en individuos que vuelan en horizontes cibernéticos, pelean con cyborgs y viajan a través del tiempo para salvarse a sí mismos de la destrucción.







