jueves, junio 21, 2007

Clase de Cuento

El Maestro Julio Cortázar es -porque lo sigue siendo merced a la inmortalidad que su obra le ha conferido- un gran titán de la literatura latinoamericana, que fue, en éste mundo, hombre de ideas revolucionarias, aficionado a la música (tocaba el saxofón y el piano y era un gran amante del jazz) y un gran cuentista, además de un argentino ejemplar y entrañable.

En 1954, Julio Cortázar escribió desde Europa una carta a su amigo mexicano Juan José Arreola, epístola cuyo valor supera toda proporción de cálculo, tratándose como se trata de un excelente ejemplo de humanidad y camaradería y, por si ésto fuera poco, porque en ella el gran escritor argentino explica al autor de Confabulario su particular concepto de la generación y conceptualización del cuento como forma literaria. La carta está tomada del periódico mexicano La Jornada en una fecha imprecisa (cuando guardé ésta joya no me aseguré de guardar también la referencia) y llegó a éste diario por parte de Orso Arreola, hijo del narrador jalisciense.
Ahora, Región 440 se complace en presentar ésta extraordinaria pieza epistolar, una de las muchas que seguramente compartieron éstos dos grandes maestros admirados y profundamente respetados en éste espacio.

"Querido Arreola: Hace varias semanas Emma me mandó sus dos libros, y al abrirlos me encontré con unas dedicatorias que me llenaron de alegría. Pero todo eso es nada al lado de la alegría de leer los cuentos, a toda carrera primero y después despacio, tomándome mi tiempo y sobre todo dándoles a ellos su propio tiempo, el que necesitan para madurar en la sensibilidad del que los lee.
"Ya habrá observado que uno de los problemas más temibles de los cuentos es que los lectores tienden a leerlos con la misma velocidad con que devoran los capítulos de una novela. Naturalmente, la concentración especial de todo cuento bien logrado se les escapa, porque no es lo mismo estirarse cómodamente en una butaca para ver Gone With the Wind que agazaparse, tenso, para los dieciocho minutos terribles de Un Chien Andalou. El resultado es que los cuentos se olvidan (¡como si pudiera olvidarse Bliss, como si pudiera olvidarse El prodigioso miligramo!)

"¿No deberíamos fundar una escuela para educación de lectores de cuentos? Empezando por quitarles de la cabeza todas las ideas recibidas que existen desgraciadamente sobre la materia, rehaciéndoles la atención, la percepción y hasta los reflejos. Ya es tiempo de que en las universidades se cree la cátedra de cuentos, como suele haberla de poética. ¡Qué estupendas cosas se podrían enseñar en ella! Por lo demás los primeros colaboradores de la cátedra (como alumnos o profesores) deberían ser los mismos cuentistas. Es curioso que muchos de ellos no han reflexionado jamás sobre el género. No hablo de la reflexión estilística, pues no es imprescindible, sino de esa meditación primaria, en la cual colaboran por partes iguales la inteligencia y el plexo, y que debería mostrarle al cuentista lo riesgoso de su territorio, su complicada topografía, y la responsabilidad que supone.

"El cuento está desprestigiado por los cuentos. ¿Ha visto usted lo que se publica habitualmente en las revistas? Para uno bueno, para un cuento que caiga parado como un gato de un cuarto piso, el resto o son recortes de una situación mucho más extensa (las tijeras son la haraganería del escritor, o su incapacidad para seguir adelante), o difusos tratamientos de cualquier tema, bueno o malo; lo que en realidad estropea a estos últimos es siempre la falta de concentración, de ataque. Y me parece que lo mejor de Confabulario y de Varia Invención nace de que usted posee lo que Rimbaud llamaba le lieu et la formule, la manera de agarrar al toro por los cuernos y no, ay, por la cola como tantos otros que fatigan las imprentas de este mundo. Y por eso acabo de leer sus cuentos -y releer los que más me gustan, y después superleerlos, que consiste en leerlos en el recuerdo-, y estoy contento. No por una razón hedónica, o porque me agrade saber que usted es un gran cuentista, sino porque vuelvo a sentirme seguro de que usted, de que yo, y de que otros cuya lista me ahorro porque usted la conoce de sobra, no estamos equivocados en el enfoque del cuento que hemos elegido y por el cual seguimos andando.

"Los franceses, por ejemplo, se equivocan de medio a medio en su tratamiento del cuento. ¿Cómo decirlo? juegan al futbol en vez de torear, someten la materia narrativa a una serie de evoluciones y combinaciones complejas, a largo plazo, es decir, aplican la técnica privativa de la novela y que en ella da resultados maravillosos (que lo digan Balzac, Stendhal y Proust). Porque no ven -y esto es capital- que el cuento es una cuestión de lenguaje formando cuerpo con el relato, y entonces escriben sus cuentos exactamente con el mismo lenguaje más o menos discursivo de la novela. Pero dando un paso más abajo, no cuesta ver que ello sucede porque el impulso motor del cuento es novelesco, y ahí está la gran macana como decimos en la Argentina, ahí está la burrada sin perdón, creer que un cuento, que es el diamante puro, puede confundirse con la larga operación de encontrar diamantes, que eso es la novela.

"No me gustan las fórmulas pero me parece que aquí tengo razón: un cuento es siempre el vellocino de oro, y la novela es la historia de la búsqueda del vellocino. La novela es una maravilla, pero su técnica malogra el cuento. Todo esto se lo decía yo a Emma en otra carta, pero me gusta repetírselo a usted al correr de la máquina, porque además tengo las pruebas más sólidas posibles que son sus cuentos. En sus libros hay cuentos de ensayo (y usted me lo previene en Varia Invención, donde habla de "balbuceo"), donde se ve cómo anda buscando el tono justo, y a veces no lo encuentra y el cuento se queda con una pata en el aire (El Fraude, por ejemplo, y no sé si usted estará de acuerdo). Pero la casi totalidad en los cuentos de ambos libros dan de lleno en el blanco. Se lo siente desde la primera línea. No se puede decir cómo, es una cuestión de tensiones, de comunicación. Yo creo que el blanco debe sentir una cosa así, según que la flecha lo alcance en los bordes (dos puntos) y el pleno centro (50 puntos, y a veces uno se gana un pollo). Es fulminante y fatal. Y empiezo a leer De balística -no crea que lo cito por asociación con las flechas y el blanco-, o El lay de Aristóteles, y se acabó: instantáneamente pasa la corriente, se establece el circuito, y ya se puede caer el mundo encima que no soy capaz de sacar los ojos de la página.

"Yo creo que detrás de todo esto está ese hecho sencillo (y por eso tan inexplicable) de que usted es poeta, de que usted no puede ver las cosas más que con los ojos del poeta. Conste que no insinúo que sólo un poeta puede llegar a escribir hermosos cuentos. En rigor el cuento es una especie de parapoesía, una actividad misteriosamente marginal con relación a la poesía, y sin embargo unida a ella por lazos que faltan en la novela (donde la poesía vale apenas como aderezo, y es siempre una lástima por la una y por la otra)

"¿Cómo le vienen a usted los cuentos? Yo, que incurro además en la poesía -por lo menos escribo poemas-, no he podido advertir hasta hoy diferencia alguna en mi estado de ánimo cuando hago las dos cosas. Mientras escribo un cuento, estoy sometido a un juego de tensiones que en nada se diferencian de las que me atrapan cuando escribo poemas. La diferencia es sobre todo técnica, porque los "cuentos poéticos" me producen más horror que la fiebre amarilla, y estoy siempre muy atento a que lo que ocurre en mis cuentos proponga al lector una estructura definida, una realidad dada, por irreal que sea para los ojos del lector de periódicos y los seres con-los-pies-en-la-tierra (¿qué son los pies, qué es la tierra?). Si encuentro en sus cuentos una fraternidad que me emociona y me hace desear ser su amigo, es precisamente esa soberana frescura con que planta usted sus árboles de palabras. Los planta sin el rodeo del que prepara literariamente su terreno y "crea una atmósfera", como si la atmósfera no debiera ser el cuento mismo, la emanación irresistible de esa cosa que es el cuento. Un Henry James es un gran cuentista, pero sus cuentos son siempre hijos de sus novelas, están sometidos a la misma elaboración circunstancial previa, esa técnica de envolver al lector antes de soltarle el meollo del cuento. Cuando usted escribe El rinoceronte, le basta la primera frase (¡qué perfecta!) para que uno se olvide que está sentado en un sillón en un segundo piso de la rue Mazarine (una linda calle, créame) y que dentro de 10 minutos le van a avisar que la comida está pronta. El extrañamiento, el traspaso al cuento es fulminante. Usted es una hormiga león, si son las hormigas león las que hacen un embudo en la arena para que sus víctimas resbalen al fondo. Cuatro palabras y zás, adentro. pero vale la pena ser comido por usted.

"Como esta carta no es una reseña, no le hablaré en detalle de todo lo que podría surgir de mis lecturas. Pero hay algo que, por ser tan infrecuente en nuestra América, me interesa señalarle. Me gusta su brevedad. Quizá con excepción del El cuervero, tan sabroso para un argentino que se queda maravillado de los giros, de la plástica de ese idioma que hablan las gentes mexicanas, creo que sus mejores cuentos son precisamente los cortos. Me asombra lo que usted es capaz de conseguir con tan poca materia verbal. Sinesio de Rodas por ejemplo -que como otras cosas suyas me hacen pensar en Borges, y creo que no es poco decir-, y ese conmovedor y hermosísimo Epitafio, que me trajo a mi François Villon de cuerpo presente, enterito con toda su dolida humanidad que sigue bailando aquí, cerca de mi casa, en las callejuelas de la place Maubert, antiguo refugio de truhanes y putas opulentas y sentimentales.

"Podría seguir diciéndole tantas cosas, pero no quiero aburrirlo. ¿Nos veremos alguna vez? Si no viene usted por aquí, escríbame algún día que tenga ganas. Yo le iré mandando lo que publique, que será poco porque en Argentina las posibilidades editoriales están cada día peor. En todo caso le mandaré copias a máquina. Y usted también, mándeme sus cosas. Mi mujer, que ha leído sus cuentos con la misma alegría que yo, se une a mí en el gran abrazo que le enviamos, y que usted hará extensivo a Emma, tan buena e inteligente, y a la muy encantadora Anita y a los Alatorre".
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París, 20 de septiembre de 1954

jueves, junio 07, 2007

Master of Puppets

Bob Geldof tiene un lugar en el imaginario popular de la generación ochentera por su trabajo en The Wall, el alucine pinkfloydiano en el que su personaje se rebana los pezones con un rastrillo antes de pasonearse, y sale en hombros de sus guaruras con fondo de Comfortably Numb, para ofrecer una performance que termina con un rarísimo encore en el retrete, que seguramente era de utilería. Pero la actuación de Geldof, y también la del retrete, fueron memorables. Sin embargo, y a pesar de tan memorable participación, a nadie se le ocurre llamar a Bob por el nombre de su personaje: Pink Floyd.

Otra película que marcó los ochentas fue el documental Rattle and Hum, realizado mucho tiempo antes de que el cantante de U2 se separara de la banda para convertirse en el mejor actor de sí mismo en esa comedia en la que le da por retratarse con los titiriteros del mundo. Ésta fórmula, sin embargo, no ha sido solo satisfacciones, porque una vez que vino Bono a cantar a México el hijo del presidente en turno quiso saludarlo y al ver su dificultad para conseguirlo puso a sus guaruras, a quienes para efectos de ésta narración llamaremos guardias presidenciales, a bailar con el equipo de seguridad de U2 una combinación entre with or without you y el jarabe tapatío, que como es bien sabido precisa de un regular manejo de botas y tacones. Luego del incidente Bono salió del país echando pestes y jurando no volver, aunque luego acabó por darle la mano al papi del nene que lo quiso saludar, cuando se encontraron en una de esas inútiles reuniones de titiriteros mundiales.

Después de estrechar las manos del papá consentidor y expresidente de lamentable memoria, Bono regresó a México y tuvo que soplarse la indignidad de verse retratado con algunas estrellas locales como Jaime Camil, ídolo de la oligarquía y de las masas aturdidas, quien aparece en las fotos con una actuadísima actitud rocker más-allá-de-lo-cool que lo único que logró fue demostrar una vez mas su gran capacidad para lo superfluo y retratar una vez más la sonrisa congelada del astro irlandés.

Algo así pudo haberle pasado a los malotes de Metallica cuando irrumpió en su camerino Ricky Martin con sus sonrisota de ídolo juvenil, no muy distinta de la de ellos pero, él sí, ostentando toda su fresez. Si el pueblo iraquí hubiera visto la foto resultante quizá no hubiera sentido el pánico que les debe haber congelado las entrañas cuando los tanques repletos de g.i. joe's instalaban sus bocinas y les espetaban Master of Puppets a todo volumen antes de rociarlos de metralla. Quizá algún intrépido se hubiera aventurado a acercarse a los visitantes y decirles, ya que estamos en esas señor soldado, no podría por favor poner también La Vida Loca. Con ésto, el soldado podría haber iniciado la ronda de complacencias en recuerdo de mejores momentos, cuando no andaba invadiendo países montado en un tanque propiedad de un amigo del irlandés Bono, sino nadando en los fluídos lúbricos del springbreak, destrozando las playas mejicanas al ritmo de Ricky Martin, y también de Father of Muppets y sus ridículos cambios de compás, y su atolondrado solo de guitarra, apto para quienes tienen oido de artillero.
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