viernes, octubre 05, 2007

El Informe Bardiano

Ir y venir. Caminando, a veces corriendo por los laberintos de la cotidianeidad de la Gran Ciudad. Así, el paisaje y lo que lo compone, las calles, los árboles, los caminos y los vehículos que trasladan a la gente se van convirtiendo, en el día a día, en el escenario lleno de bullicio y ajetreo de la tragicomedia de quienes juegan el papel del engranaje de la sociedad. El Metro, el sistema encargado del transporte colectivo, puede ofrecer las mejores imagenes del modo en que funciona gran parte de ésta sociedad. Decir ésto es caer irremediablemente en el lugar común al que pertenecen las cosas que se han dicho lo suficiente y que, sin embargo, nunca está de más referir.

La gente piensa y siente, a pesar de la idea perversa que se les ha fabricado alrededor, según la cual están afectados todos irremediablemente por la estupidez. Los productos del sistema no pueden esconder la evidencia de haber sido fabricados por gente que piensa que los demás son imbéciles. Véase si no, el contenido de la televisión, el mensaje que sale de las antenas radiales, la tinta que se vacía interminablemente para imprimir las imágenes de la vulgaridad y las letras manchadas con la mentira de los periódicos y las revistas.

Ésto ocurre en todo aquello que está sometido al arbitrio de un estrato minoritario de la sociedad. Los grandes capitales, que determinan la calidad de los contenidos que difunde el sistema, son manejados por gente que da muestras de estar convencida de que sus productos, deleznables como son, deben difundirse porque la gente los consume. Pero ello no implica necesariamente que la gente que lo hace sea estúpida. El sediento que se encuentre con un vaso de agua impura lo beberá, pero ello no implica que se rehúse a beber el agua limpia cuando se le de la oportunidad. Y pasa que, después de un agotador día de trabajo complicado por las difíciles circunstancias fabricadas por ese mismo pequeño grupo de personas, la plutocracia, para muchos viene dando lo mismo la calidad decreciente de lo que muestran las pantallas, corrompidas desde dentro, vendidas de antemano.
Sí: la gente consume los productos contaminados del sistema. Pero la sensibilidad general persiste, aunque pueda haberse deteriorado el gusto de las masas, luego de años de estar siendo bombardeadas con baladistas inocuos y melodramas ramplones.

Un buen día, un elemento se suma al retrato del masivo devenir. Es un grupo de músicos que se coloca en el medio de una estación del Metro, dando muestras de estar listo para comenzar algo, lo que atrae la curiosidad de los pasajeros que se detienen un momento en su camino para presenciar el evento. Así, la banda comienza su presentación ante la expectación general de un público convertido en partícipe circunstancial de la ejecución en directo de un puñado de canciones escogidas por éstos músicos especialmente para la ocasión, y para ellos.

Y entonces, alguien entre el público decide intervenir. Es un hombre que sigilosamente se aproxima al foco de la atención al tiempo que saca de una bolsa tres pelotas de colores con las que ejecutará, en el transcurso de una canción, todo un número de malabarismo cuya espontaneidad será premiada con un fuerte aplauso al final de éste performance compartido con la música, aderezado con éste espectáculo visual inesperado.



Es el escenario correspondiendo al esfuerzo de los músicos, retroalimentando su actuación: es el público tomando parte del espectáculo y sosteniendo, en la representación de éste hombre, la v de la victoria, al concluir su actuación.

Hay muchas maneras de disfrutar las cosas. El momento se presenta como la oportunidad perfecta para tomar un respiro y dejarse llevar por la música. Luego vendrá la obligación de retomar la velocidad del camino, valor numérico que debería ser medido, de la manera más ociosa, con el único propósito de conocer el promedio de la velocidad-sujeto en una estación de metro, aunque ni siquiera un dato de ésta índole nos podría explicar lo que pasa por la mente de la chica que cierra sus ojos y visiblemente abre sus oídos para mecerse en los acordes y melodías que éste grupo de desconocidos está ejecutando.

En el improvisado escenario la música sigue, mientras la gente entra y sale de la estación. El foco musical ha sido encendido dentro de éste otro escenario del tránsito diario de miles de personas. Es un breve momento de fiesta, un refresco en medio de la vorágine.

Y se vale bailar. Es buen momento para mover el cuerpo: que no caiga el entusiasmo. Chicos y grandes, hombres y mujeres, y que nadie invente que debemos separarnos y lo sostenga con sus argumentos bastardos. Es demasiado pedir, podemos concederlo, pero sería bueno que por un momento la gente se viera con más respeto a sí misma. Quizá, de ese modo, quienes desde las ridiculeces de su ostentación miran con soberbia al pueblo dejarían de pensar que éste no es otra cosa que una manada inconsciente y manipulable.

He aquí uno de los más grandes privilegios del artista: el de tener la oportunidad de demostrar que algo late en la consciencia general, con música. Que el arte salga a las calles. Porque la música es al alma lo que la gimnasia es al cuerpo, como lo dijo Platón. Por ello es que proclamamos en éste espacio la necesidad de que las calles sean tomadas por los artistas, para que puedan ser retomadas por la gente.

Ésta, es la esencia del Informe Bardiano.

En San Lázaro a los 17 días del mes de agosto de 2007.

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Las imágenes son detalles tomados de las fotografías realizadas por Fernando Álvarez, estimado colega de la Revista Box y Lucha, a quien se agradece por su aportación.

5 comentarios:

Gaby del Río dijo...

Es una gran lucha, y por cierto que me ha tocado ver éste tipo de situaciones, por ejemplo, en el Zócalo, la gente que pasa caminando mientras un guitarrista regala un poco de él con música, se detiene, aplaude, felicita y además pide información que lo lleve al lugar donde puedan volver a escucharlo.

Qué maravilla que este grupo haya logrado despertar eso en la gente!.
Un beso
:)

Grimalkin el Bardo dijo...

Debiera haber más música, más baile, más expresiones artísticas en las calles. Todos saldríamos beneficiados.

Para mí, de cualquier modo, transitar por los caminos del Arte es posible gracias a tu divina inspiración, mi Musa. Y eso es un placer celestial.

Un beso.

Isabel Romana dijo...

La música nos insufla energía, alegra el corazón o lo entristece, pero siempre nos hace recordar que lo tenemos dentro del pecho. Apoyo tu moción de que el arte musical tome las calles, haga hueco para la vida, permita un respiro entre tanta prisa y tanto estrés y nos devuelva el optimismo. Besos, querido amigo.

Anónimo dijo...

Coincido en que debiera el arte estar en todas partes, en el metro, en los parques, en las plazas y en la mente y el alma de todos los capitalinos, pero desafortunadamente cada vez es menos frecuente ver artistas que logran un espacio en donde poder mostrar lo que hacen, es triste pero en medio de todo siempre hay quienes aunque sea por un momentito tienen la dicha de convertir una estación del metro en un espacio de expresión y hacer que la gente se olvide de que el dinero cada vez alcanza menos y la tele apesta más. Felicidades siempre he sabido que Grimalkin tiene mucha magia. Blimunda Labrú

Grimalkin el Bardo dijo...

Estimada Isabel, siempre seré un convencido de las bondades del Arte. Gracias por tu aportación, y tu visita. Te mando un saludo muy cordial.

Querida Blimunda, hay que seguir poniendo el dedo en el renglón, como lo hemos hecho siempre. Gracias por darte una vuelta por éste espacio en el que eres de sobra bienvenida.

¡Saludos cordiales!